
El recordar que hace tres semanas estaba en la Ciudad de México, deambulando por las calles de la Condesa, antes de tomar el metro para ir al Lunario del Auditorio, donde vería a THE RADIO DEPT., inevitablemente me hace sentir nostálgico.


Lunes 16 de Marzo de 2009 - PRIMERA PARTE.
A unas cuantas horas de iniciar el concierto de Radiohead, Miriam, Abraham y yo habíamos decidido reunirnos en Coyoacán para comer, y después partir juntos al Foro Sol; era la primera vez que estaba en Coyoacán, tenía unas grandes expectativas de conocer aquel lugar, mis amigos me habían hablado mucho de él, pero al llegar ahí no me pareció nada del otro mundo, quizás fue que no tuve el tiempo suficiente para recorrerlo, para empaparme de su historia y de su supuesto encanto, o quizás fue el hecho de que me pareció un lugar caótico –en mi opinión, más atestado de gente que cualquier otra parte de la ciudad de México–, lleno de vendedores ambulantes, con calles estrechas y asfixiantes; en resumen, Coyoacán no fue de mi agrado en mi primera visita, pero tampoco me molestó estar ahí, porque, después de todo, me sentía sumamente emocionado de estar junto a dos de mis más queridos amigos.
A pesar de que el sábado ya había visto a Miriam, me dio mucho gusto volver a verla, la abrace con mucho cariño –y cómo no hacerlo, si desde que se mudó al D.F., cuando mucho la veo unas cinco veces al año, así que trato de no desperdiciar la oportunidad de estar con ella–, después del abrazo, algo en la vestimenta de Miriam llamó mi atención: su playera negra con la conocida cabeza del oso del Kid A, muestra de que una noche antes había asistido al primer concierto de la agrupación inglesa que pronto habríamos de disfrutar todos. Cabe resaltar que la “condenada” se había dado el lujito de conseguir boletos para las dos fechas, algo que por un lado he de reconocer me daba envidia por obvias razones, y por otro mucha alegría, pues los tres iríamos juntos al mismo concierto, lo cual para mí –y luego confirmaría que para Miriam y Abraham también– representaba algo muy importante, pues ese recuerdo siempre estaría ligado a ellos, dos de mis mejores amigos, dos de las personas por las que y con las que mi admiración por Radiohead y mi amor por la buena música se había desarrollado en gran medida.
Caminamos unos cuantos minutos por la plaza principal de Coyoacán, y ya extenuados por el calor que hacía aquel día, decidimos comer en un típico restaurante de la zona; era una especie de cantina o taberna, donde la comida no era mala pero tampoco resultaba de maravilla. Mientras nos servían los alimentos comenzamos a platicar; Miriam y Abraham se conocía desde la secundaria, habían estado juntos en el Colegio la Luz, institución que para ambos representa un cúmulo de buenos recuerdos y a la vez de sin sabores y pesadillas que, finalmente, para bien o para mal habían sido determinantes en la construcción de sus personalidades; lo cierto es que gracias al Colegio la Luz, Miriam y Abraham habían conocido a José Juan, y gracias a JJ yo los había conocido a ellos.
Hablamos de tantas cosas que la verdad ya no recuerdo todos los temas, pero al final la conversación se centró en la ausencia de José Juan, que era el eslabón y la secuencia faltante a un esquema formado por Miriam, Abraham y yo; Abraham y Mimiraim se mostraron molestos por la ausencia de JJ aquel día, pero a mí su actitud ya no me sorprendía ni me molestaba, hacia algún tiempo había decidido no volverme a enojarme con él, había comprendido que para mi su amistad era primordial, tanto que podía ser capaz de aguantar su carácter y su forma de ser, de la misma manera que él toleraba la mía, por lo que si de pronto estaba experimentado o viviendo cosas más relevantes que estar aquel día con los amigos con los que tiempo atrás había planeado tantas tardes ver a Radiohead, con los que había cantado tantas veces esas canciones oscuras pero igualmente brillantes, entonces yo no me entristecería ni mucho menos me enojaría por el hecho de que había elegido estar con otras personas en lugar de con nosotros, en verdad esperaba que lo que estuviera haciendo valiera muchísimo la pena, pues de otra forma sería él quien saldría perdiendo, sería él quien no vería la sonrisa de Miriam antes de entrar al concierto, sería él quien no sabría como lucieron los ojos de Abraham tras escuchar Karma Police, quien no escucharía mis comentarios llenos de sentimientos encontrados luego de escuchar Creep, era él quien no estaría ahí al finalizar el concierto, y quien esa noche no cerraría una etapa de su vida con algunos de los mejores amigos de toda su vida.

Lunes 16 de Marzo de 2009 - SEGUNDA PARTE.
La temperatura había comenzado a descender abruptamente, el cielo se mostraba gris y encapotado, y un viento helado comenzaba a rondar por el lugar; Abraham y yo esperábamos expectantes a que iniciara el concierto, Miriam hacía lo mismo pero en una zona distinta del Foro Sol, resultó que su boleto no era igual al nuestro, y al final no estaríamos juntos viendo el concierto, pero de una u otra forma compartiríamos aquel momento.
Frente a nosotros se mostraba el imponente escenario, del cual, en cada uno de sus costados, pendían enormes cilindros blancos que en ese momento me parecieron gigantescos vendajes, que bailaban al compás de un viento que no dejaba de soplar; después de un rato la lluvia menguó hasta que paró del todo, el cielo gris se tornó en negro con algunas pinceladas de azul rey; mientras, tres chicas y un chico se colocaban como podían a mi izquierda, el escenario ensombreció por completo y cuatro figuras empezaron a ingresar en él, indicio de que la presentación de KRAFTWERK estaba por comenzar.
Sentí el peso de la mirada de la chica postrada junto a mi, la misma que apenas hacía unos segundos había llegado de mi lado izquierdo, no pude resistir y volteé mi rostro hacia ella: era delgada, algo baja de estatura, de una cabellera larga, lacia y color castaño claro, con un rostro de facciones exquisitas enmarcadas sobre una piel muy blanca; sus ojos pequeños me miraron con cierto encanto y sus labios delgados me brindaron una sonrisa, detalles que quizás siendo otras mis preferencias me habrían incitado a iniciar el coqueteó previo al flirteo; devolví cortésmente la sonrisa, que fue la señal de confianza que le dio a la chica valor para preguntarme de manera pausada y con dificultad, en un español gracioso que me recordó al DJ del Black Horse, lo siguiente:
–Hola, me puedes decir quiénes son– yo respondí –KRAFTWERK–
En verdad, oh, yo tenía muchas ganas de verlos– sin duda la chica era extranjera.
Sus compañeros comenzaron a fumar y el escandaloso olor que desprendió el cigarrillo delató la presencia de la marihuana, mientras, las enormes pantallas proyectaban el multimedia del primer track del setlist, THE MAN MACHINE; "el sonido era alucinante, machine, machine, machine, rojo, negro, rojo, y sobre él la letras M A C H I N E, una y otra vez"; –¿quieres?– era nuevamente la chica extrajera, otra vez me sonreía, pero ahora su blanca y delgadita mano me mostraba el porro recién aspirado, y yo pensé “por qué no”; le dije que sí, lo tome en mis manos y lo lleve a mis labios, aspire y me impregne de él, un aratito después solté el humo y le devolví el cigarrillo, la operación se repetió varias ocasiones más durante la presentación del los alemanes.
El porro, las luces y el sonido, la agradable compañía y el clima frío que, quizás por efecto de la marihuana o quizás por la cercanía de los cuerpos, poco a poco era menos perceptible, pronto me transportaron a un nivel de relajación total, mis sentidos estaban por completo despejados, yo disfrutaba intensamente el concierto.
KRAFTWERK nos cumplió a cabalidad como los grandes, interpretó todos sus temas más conocidos: NUMBERS, TOUR DE FRANCE, DAS MODEL, etc. A pesar de la intensidad de su presentación, concluyeron el concierto cual robots, de manera automática y sin aspavientos, después dieron las gracias de manera sencilla y abandonaron el escenario sin más ni más.
Tan pronto terminaron, busqué a Abraham –al cual había olvidado un poco por la presentación de KRAFTWERK y otro poco por el porro, aunque creo que él también se había olvidado de mi–, le toqué el hombro, él me volteó a ver, y no sé que notó en mí, pero me preguntó: –¿Qué onda man?– luego se rió y yo sólo le dije –nada, solamente me siento muy feliz–.
La verdad es que hasta el día de hoy sigo sin palabras para poder describir completamente la espectacularidad del concierto, sin embargo, hay tres frases que he usado desde el sábado para expresar las increíbles sensaciones vividas aquella noche:
PRIMERA PARTE

Eran aproximadamente las cuatro de la tarde de aquel viernes 26 de octubre, Miriam, Abraham y yo habíamos decidido tomar el metrobus para llegar al Paseo de la Reforma, así que como cualquier otro capitalino, mis amigos y yo, aguardamos un par de minutos la arribada del vehiculo en una de las tantas estaciones de Insurgentes; abordar el metrobus es una tarea un poco complicada, tan pronto llega éste la gente que lo espera se abalanza a sus puertas y empuja a quien pueda para poder entrar; ya en el interior del vehiculo el problema de espacio es el siguiente que hay que solucionar, pues generalmente siempre está atestado de personas que se niegan a compartir unos cuantos centímetros de suelo donde puedas parte, finalmente el último inconveniente es la velocidad, ya que el metrobus se desplaza con una rapidez considerable no solamente por vías rectas, sino también por curvas sumamente pronunciadas y pasos a desnivel, por lo que en innumerables ocasiones los pasajeros deben sortear los bruscos movimientos para no caer, pero al final, el aglutinamiento de personas logra detenerte y evita que tengas un duro desencuentro con el suelo.
Luego de diez o quince minutos de viaje en el metrobus, arribamos a Paseo de la Reforma, donde inmediatamente iniciamos una nueva caminata desde la fuente dedicada a Louis Pasteur, mientras lo hacemos conversamos sobre un sinfín de temas, principalmente de música, pero a la par, nos damos tiempo de admirar la serie de edificios que hay a lo largo del
paseo, aquellos pequeños palacios y torres de cristal y hierro parecen construidos únicamente para engrandecer aquella calzada; me pregunto qué pensaría la emperatriz Carlota si viera en lo que se ha convertido su avenida, obviamente quedaría impactada con aquellos edificios, pero creo que en resumidas cuentas no le gustaría del todo, supongo que le molestaría ver la enorme cantidad de autos que deambulan por él, pero sobretodo, le molestarían los asquerosos campamentos de los diversos manifestantes que ahí se han instalado.
En lo personal me gusto el Paseo de la Reforma, me pareció en verdad bello, pero ahora que lo conozco, no me atrevería decir que se parece a los Campos Elíseos de Paris como muchas personas lo hacen, y aunque sólo he visto en películas o fotografías aquel paseo francés, eso me basta para darme cuenta que entre ambos hay un millón de años luz de distancia. En alguna ocasión, como mexicano orgulloso de mi nación, le dije a una de mis maestras de francés que el Paseo de la Reforma era el equivalente a los Champs Elysees de Paris, situación que causo la risa de aquella vieja maestra de origen mexicano que había pasado casi toda su vida en Neuilly, uno de los suburbios más chic de Paris, y que por azares del destino regresaba a Torreón a dar clases, ella me dijo que si en toda Europa no había nada tan bello e imponente como los Champs Elysees, mucho menos en América lo habría, y que aunque el Paseo de la Reforma tiene su encanto propio, ciertamente no tiene la elegancia y el glamour de aquel.
Caminamos mucho, no se cuanto, pero en determinado momento habíamos abandonado
Reforma y estábamos a punto de llegar al Palacio de las Bellas Artes, pero primero hicimos una pequeña parada frente al monumento a la patria, donde pudimos tomar unas cuantas fotos, unas de la escultura de Benito Juárez y otras tantas de nosotros fuera de las oficinas de Relaciones Exteriores.
Aunque en Paseo de la Reforma tuve oportunidad de ver varios campamentos de manifestantes, hasta el momento no había visto ninguna de las manifestaciones que enloquecen y caracterizan la vida en el Distrito Federal, pero cual sería mi sorpresa que al llegar justo a la explanada de Bellas Artes, mis amigos y yo nos topamos con la manifestación de los cuatrocientos pueblos, en la cual sus participantes danzan desnudos para defender sus derechos. Ciertamente en televisión ya había visto ese tipo de manifestaciones, donde las personas se exhiben casi o totalmente desprovistas de ropa, pero la verdad resulta inquietante verlos en vivo y a todo color.
Aquella tarde las mujeres eran las únicas desnudas por completo, sin ningún pudor o pena alguna, varias señoras gordas de tetas colgantes repartían folletos y solicitaban cooperación a todo aquel que se los permitía, mientras unos doscientos hombres (o más), cuyas edades fluctuaban en su mayoría entre los diecisiete a sesenta años aproximadamente, bailaban casi desnudos en una calle lateral junto al Palacio, pues únicamente portaban una fotografía a especie de taparrabos con la cara del infame Senador Dante Delgado, del cual exigían la devolución de varios predios ejidales. Si bien las fotos del Senador cubrían a la perfección los órganos sexuales de esos hombres, dejaban al descubierto los morenos traseros de los campesino, de los cuales ninguno era agradable a la vista, jajajajajaja, por lo que me pareció que más que una manifestación, era una mentada de madre a un recinto tan hermosos como Bellas Artes.
Después de tomar fotografías de los manifestantes y formar parte de aquel folklore
, continuamos nuestro camino, pero ahora platicábamos principalmente de política: de la corrupción, de las elecciones, de los manifestantes, del Peje, del Felipe gobernando México, etc. Caminamos un poco, detrás había quedado el edificio del Banco de México y la Casas de los Azulejos, la cual alberga el primer Sanborns, para quedar delante de nosotros el Centro Histórico en su máxima expresión.
Recorrimos lentamente aquellas calles antes de llegar al Zócalo, pero una vez ahí, corrimos a él tan veloz como los carros nos lo permitieron. La también llamada Plaza de la Constitución no es tan imponente y magnánima como luce en la televisión, aunque es grande, tampoco es enorme ni nada fuera de lo común como siempre aparece en los noticieros, ciertamente luce bella flanqueada por la Catedral Metropolitana, el Edificio de Gobierno del Distrito Federal, la Suprema Corte de Justicia de la Nación y el Palacio Presidencial, pero por si sola no es nada, ni con toda la historia y los momentos importantes que en ella se han vivido.

En el Zócalo nos topamos con otra manifestación, pero también vimos como hacían el cambio de guardia en la Presidencia, algo que no me agrado mucho, pues me recordó mis horribles días en el Servicio Militar; después caminamos por un lado del Palacio, justo por la calle que hace un par de semana estaba completamente invadida por los vendedores ambulantes, pero ahora lucia limpia y pacifica, la armonía del lugar era completada con el mágico sonido de una organillera que interpretaba una melodía que supuse era "Plenilunio", si he de ser sincero, no pude evitar quedar extasiado con ese chillante sonido, por lo que mientras Miriam compraba unos clásicos tacos de canasta, yo decidí cruzar la calle para dejar un par de monedas, a manera de agradecimiento, a la chica de uniforme caqui que sublimemente tocaba aquel instrumento.
Rodeamos el Palacio Presidencial mientras Miriam degustaba sus tacos, recorrimos la serie de locales y tienditas que hay en esa zona para finalmente salir por la calle de Pino Suárez, donde se encuentra la Suprema Corte, momento que aproveche para tomarme la foto obligada del recuerdo en el máximo tribunal del país. Ya un poco casados decidimos sentarnos en una jardinera, donde permanecimos tranquilos escuchado a otro organillero que interpretaba la Vikina, más con la aparición del aburrimiento y la molesta llegada de vendedores ambulantes, de los comúnmente son llamados “toreros”, preferimos abandonar el sitio.
Sin planes fijos, Miriam propuso ir a una función de Lucha Libre en la Arena México y Abraham planteó la idea de ir a cenar en algún restaurante de la Condesa, o Condechi como la llaman de manera peyorativa; la verdad el plan de Miriam no me atraía, y es que a pesar de que me agradaba la idea de conocer la legendaria “Arena México”, no quería pasar la noche de ese viernes haciendo algo que igualmente podía hacer en Torreón, por lo que opte apoyar el plan de mi amigo.
Aunque les externe mi intención de tomar un taxi, Miriam y Abraham me convencieron de tomar el metro, era innegable que no quería hacerlo, me daba un poco de temor, pero lograron persuadirme diciéndome que era una experiencia necesaria para sentirme como cualquier otro capitalino, así que decidí hacerles caso y abordardarlo. Como buenos ciudadanos hicimos fila para comprar los boletos, pero un tipo loco se metió de manera brusca en ella, por lo que Miriam comenzó a hacerle pleito, afortunadamente la situación no paso a mayores, pero mi amiga quedo muy ofuscada con la pelea.
El ambiente en el metro fue tal y como me lo imaginaba: deprimente y tenebroso, la gente camina rápido en un clima húmedo y de aires viciados por el calor, las paredes están sucias y los pisos amarillentos a pesar de haber empleados que los limpian; abordar el metro es el doble de difícil que tomar el metrobus, además huele mal y comienzas a sudar horrible, en verdad no me gusto, pero lo cierto es que en él llegas rápidamente a tu destino y de forma económica.
Tras circular un rato por la línea rosa del metro, acabamos por regresar al exterior, donde respirar el aire lleno de contaminación, me era más tranquilizante que continuar inhalando los hedores subterráneos. Salimos por una estación rodeada de puestos ambula
ntes, parecía una romería, todo lucia muy sucio y desprolijo, no entendía como la gente podía detenerse a comprar en aquellos puestesitos, sin embargo, a lo lejos el panorama era distinto, brillante y retadora se erguía frente a nuestros ojos la espléndida Torre Mayor, el edificio más alto de Latinoamérica, ahora si me quedaba claro el porque André Bretón y Carlos Fuentes denominaron a la Ciudad de México como el lugar más surrealista del mundo, pues la verdad, es difícil comprender como un mismo territorio puede albergar lugares tan pobres y desolados, cohabitando con zonas tan exclusivas y elegantes, con obras tan modernas como la Torre Mayor.
Dimos unos cuantos pasos y tomamos un típico taxi verde, acto que molesto un poco Abraham que prefería los rojos por ser más amplios y cómodos. Veinte minutos más tarde llegamos a la Condesa, ya era de noche y teníamos hambre, así que elegimos un restaurante de comida mexicana que nos quedaba cerca. La comida era buena y el ambiente agradable, había un tipo tocando el acordeón amenamente, al cual decidimos darle una propina porque una de la piezas que interpretó fue “Apolonia”, tema música de “El Padrino” que a los tres nos gustaba.
Antes de abandonar el local tuvimos otro altercado, ahora con el mesero quien nos cobraba más de lo que habíamos ingerido, por lo cual solicitamos que rectificara la cuenta, cuestión que aunque molesto al individuo tuvo que aceptar, sin embargo se portó bastante grosero y petulante, Miriam dijo que así era en esa ciudad, todo el mundo quiere sacar provecho, la mayoría son unos gandayas; ciertamente en la Ciudad de México hay mucha gente desagradable, probablemente sea por los problemas propios de una ciudad grande, pero a fin de cuentas personas funestas las encuentras en todo el mundo, en conclusión creo que la gente joven del Distrito Federal, la nuevas generaciones son muy agradables, educadas, simpáticas y alegres, muy distintas de la gente mayor que son groseras y malhumoradas (obviamente no todos), y esta hipótesis me quedaría patente al siguiente día durante el Manifest (pero de eso ya platicaré más adelante).
Abandonamos el restaurante, y como a lo largo de ese viernes otra vez comenzamos a caminar, no recuerdo cuanto pero fue mucho; ya un poco cansados optamos por ingresar al
Centro Cultural España, donde nos pasamos las horas hojeando libros y conversando, así que el tiempo se nos fue en un suspiro y sin previo aviso nos llegó la media noche; a pesar de que aun no tenía ánimos de regresar al hotel, propuse irnos a tratar de conciliar el sueño, pues el día siguiente sería muy agitado, más esta propuesta quedo suspendida en el aire hasta que prácticamente nos corrieron del lugar, como a la una de la madrugada.
En el exterior, el aire era gélido pero sorpresivamente revitalizante, como un preámbulo de lo que habría de ocurrir dentro de unas cuantas horas en Santa Fe; caminamos un poco por aquellas oscuras calles de la Condesa, con frió y un poco de temor, hasta encontrar una tienda abierta donde compramos unas botellas de agua y hojeamos un par de revistas, una de la cuales nos llamó la atención por tener una foto de Miriam durante su asistencia al Festival Internacional de Cine Expresión en Corto, realizado en Guanajuato; tras salir de la tienda, al fin, decidimos tomar un taxi que estaba estacionado junto a un puesto de flores que nos quedaba enfrente.
Luego de indicarle nuestro destino, emprendimos el viaje hasta la Colonia del Valle, donde vive Miriam, al llegar nos despedimos de ella con un beso y una abrazo, prometiéndole verla al día siguiente en el Bar Covadonga, lugar donde habría de realizarse el After Party del Manifest, sin embargo, Dios me tenia preparados otros planes que ni me imaginaba para el día siguiente. Acto seeguido, Abraham y yo continuamos nuestra travesía en aquel taxi hasta nuestro hotel ubicado en Insurgentes. Con el pasar de los minutos, ooco a poco quedaba nuevamente embelezado con aquella bella ciudad, que ahora, en plena madrugada, me mostraba su mejor cara, una cara sonriente e iluminada en las tinieblas; cruzamos una vez más frente al World Trade Center, y mi corazón volvio a palpitar al imaginar a INTERPOL tocando en aquel sitio, creo que una sonrisa se dibujó en mis labios en ese instante; en unas horas más estaría en Sante Fe, finalmente el deseo que se había transformado en rumor, para convertirse en una versión oficial y que ahora era un hecho, estaba a punto de volverse una realidad: escuchar a los cuatro habitantes de Nueva York que logarían hacerme sentir más vivo que nunca.
MANIFESTANTES DE LOS CUATROCIENTOS PUEBLOS








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